Claustrofóbicas palabras se estallan contra mi cráneo abierto, mientras los sesos no paran de palpitar como un corazón. Es la esencia de la vida, estoy viva, viva… y el cerebro sigue ahí, sobre mi cabeza palpitando, puedo notarlo, noto como la masa se mueve, casi parece un órgano ajeno al resto de mi cuerpo. Alguien me dijo una vez que el cerebro es como un flan casero, y tenía razón, en su aparente viscosidad es como un flan, o como una gelatina, si das un par de golpecitos danza, danza con tus manos, una escena conmovedora, emotiva si me apuran. Cuando estaba sobre mi cama mirando el techo con el cerebro abierto, noté luces difuminadas que salían por mis ojos, y mi boca se abrió con un toque de idiotez, me entretuve. Me entretuve dibujando conejitos sobre el blanco del techo, dibujé largos prados verdes, dibujé figuras geométricas. Y mientras los minutos pasaban, mientras las horas pasaban observando el techo con los ojos abiertos, con la boca con un toque idiotez quise encontrar una respuesta lógica, pero lo único que pude encontrar fue un enorme interrogante, un enorme y majestuoso absurdo.
Ara
El absurdo es el néctar de los deseos. Desde la más plena felicidad hasta la peor de las desgracias. Sólo hay que saber dibujar el camino correcto en la nada, seguir el instinto, los impulsos y mirar el techo hasta ser parte de él...
ResponderEliminar